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GONI DICTADOR. Democracia = Libertad de expresión
¡NO MAS MUERTES! No queremos más intervenciones
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* "Sleep" - Circa (1905)
por drogA_Esteparia - Jaque mate al rey -
por Morrigan PREFACIO.
En antaño, existían trece clanes vampíricos insertos en la sociedad humana, los cuales convivían entre los mortales, obviamente ocultando su real naturaleza. Sus refugios se encontraban en pomposos castillos o mansiones, como también en nauseabundos mausoleos, o tal vez dentro del clero actuando como consejeros de eclesiásticos. Algunos eran asesinos a sueldo, otros ermitaños. También existían artistas, filósofos, espías, charlatanes, estafadores, caballeros protectores, investigadores y dementes. Todos ellos pertenecían a la llamada Sociedad Cainita, en honor al primer vampiro que existió en el mundo, también conocido como Caín.
Cada clan tiene sus propios fines, tanto para la Sociedad Cainita como para la Humana. Algunos desean vivir en armonía entre vampiros y humanos, otros quieren dominar a los humanos y a los Cainitas, también están los que sencillamente existen, sobreviven, viven para investigar los secretos de la alquimia o de la muerte, viven para matar o matan para vivir. Sin más o menos ambiciones que cualquiera.
Hoy me remitiré tan solo a escribir sobre dos seres mitológicos que endulzaron maravillosamente un poco de este mundo sombrío que algunas remotas veces emite destellos de luz sobre los cuerpos fallecidos. Dos seres que dieron vida a sus monótonas existencias y a las del resto de inmortales que tuvieron el placer de poder contemplarlas alguna vez. Ellas consiguieron lo que muy pocas veces ha logrado un vampiro que no fuese Vlad Dracul..., sencillamente amor. Amor real, amor verdadero,... Amor del bueno.
I
Moravska deslizó sus pies suavemente sobre el frío suelo de mármol. Recordó como tantas veces la candidez y el aroma perfumado de aquellos rizos rojos que aún le quitaban el sueño. Calzó zapatos negros de tacón alto forrados en seda y salió a la intemperie.
El capuchón amplio de su larga capa le ocultaba el rostro, logrando así, mimetizarse perfectamente con las sombras que la rodeaban. Buscó la presa de todas las noches, un indigente, así sentía que le hacía menos heridas al mundo.
Caminó silenciosa, cruzó el puente arqueado, se dirigía a la calle D`arcy. Ahí dormían todas las personas sin hogar, sin techo, sin calor. Ahí nadie reclamaba a nadie. Eliminar a uno de ellos o a todos de la faz de la tierra no hacía diferencia alguna en el sentir de los mortales. Y de los inmortales tampoco, para ellos era gente que sobraba.
Al llegar al sucio callejón, infestado de suciedad y putrefacción, aún ardían las fogatas que intentaban aplacar el hielo sórdido de la noche invernal checa. Una luna brillante y luminosa se asomaba a través de los altos árboles cuando unos hermosos ojos verdeoscuro atravesaron la mirada de Moravska. Unos ojos verdes que la consumieron, le carcomieron los huesos, le arrebataron la sangre. La lozanía de los veinte años se dejaba ver en las carnes blancas y firmes de la pelirroja. La guerrera creyó que su alma la abandonaría por fin, de una vez por todas, mientras que la muchacha recién descubierta suplicaba por comida. Entonces Moravska sintió como si todo el peso de los siglos le obstruyera el pecho, las sienes, la garganta agónica. El deseo de abrazar a esa hermosa criatura poseía su alma. Quería para sí el aroma de esos suaves rizos rojos. Anhelaba el cuerpo blanco de su amante muerta.
¡ No sentía piedad hacía tantos siglos!. Por primera vez en su vida no deseaba que alguien la viera alimentarse.
- Espérame en el puente - le dijo - te daré comida -.
- ¡Mil gracias señora, es usted un ángel! - responde la chica emocionada mientras besa y moja con agradecidas lágrimas las manos de la mujer. Moravska siente como se estremece su piel al contacto de esa boca tibia y tan reconocida por ella. Le quita las manos de golpe y continúa avanzando con los ojos cerrados, aún con la sensación cándida de aquellos labios húmedos en sus manos. Moravska sonreía. Desde que había muerto Craiova no recordaba lo que era una sonrisa.
Al final del callejón oscuro encontró a una anciana que dormía inquieta entre otros cuerpos, tiritaba de frío y tenía los labios morados. Moravska se deslizó sutilmente hacia su cuello, giró su cabeza hacia la izquierda mientras le cubría la boca y clavó sus colmillos jubilosos en la garganta rugosa hasta terminar con su agonía. Nadie despertó.
Salió de ahí satisfecha y apresurada, con ansias de encontrar al fantasma vivo de Craiova en el puente. Ahí se encontraba la muchacha, la cual miraba con enormes ojos asustadizos todo su alrededor.
- Gracias a Dios que llegó señora, pensé que ya no vendría -.
- Sígueme - respondió Moravska suavemente, pensando en que ese Dios al cual ella nombraba le había quitado lo que más amaba en la vida, pero al mismo tiempo le estaba regalando la imagen de esta mujer idéntica a la anterior lo cual era incomprensible para su alma en eterno tormento.
II
La mansión se asomaba majestuosamente entre los árboles secos y retorcidos que rodeaban la gran estancia en decadencia. Moravska se detiene frente a la puerta y toca cinco veces.
- Pase señora - responde una vieja entrada en carnes y de baja estatura. Ambas ingresan y Moravska le indica una silla a la chica. Esta se sienta mientras la otra ordena: - Trae algo de comer para la muchacha -. - Si señora - responde la anciana mientras desaparece por un largo y oscuro pasillo.
Moravska camina alrededor de la chica. La observa. Tenía la mima frescura en la mirada, la misma piel, los mismos rizos de Craiova.
- ¿ Tu nombre? - pregunta seriamente Moravska
- Me llamo Bressta señora - le respondió con respeto y con la mirada en el suelo.
- ¿ Siempre estás en D`arcy? - pregunta nuevamente.
- No señora, deambulo por todos lados, donde sea que pueda encontrar alimento es bueno para mí, no puedo quedarme en un solo lugar -.
- Entiendo..., espera aquí -
Moravska se dirige hacia el pasillo y desaparece entre la oscuridad. Entra a la cocina y la anciana sonríe mientras dice:
- ¿Al fin has decidido divertirte, eh? -
- Lleva pronto la comida - responde la inmortal con tono serio, cortando inmediatamente todo inicio de conversación.
- Está bien - contesta la vieja sin comprender aún el por qué de la extraña sequedad y tristeza que deambulaba en el rostro de su señora.
Al volver al salón, Moravska se percata que la dulce niña está durmiendo profundamente. Ella se sienta a su lado, la observa, le acaricia el rostro sucio pero hermoso, el cabello rojizo lleno de polvo. Recuerda a Craiova, su rostro vivo, sus ojos encendidos, pícaros, llenos de luz. La hermosa piel guardada bajo leche, ninfa con colmillos de estaño, gloriosa mujer a pesar de todas las sombras que le habían brindado el renacer a la muerte.
- Moravska, la comida -
- Acércate Petrovna - dice la mujer a la vieja.
Esta se acerca, observa a la chica y dice - Es muy hermosa -
- Es igual a la que está sobre la chimenea, con la diferencia de que esta niña es más joven - acota Moravska.
- ¿ A Craiova, tu maestra? -
- Fue mucho más que una maestra, querida -
- ¿Cuándo me contarás aquella historia? - espeta la vieja - ¿Sabes?, estoy harta de todo ese misterio que gira en torno a ti y a esa mujer que yace en la chimenea, la gente inventa cada mito que ya no creo nada, dicen que yo soy la amante de la muerte, que soy un zombi del demonio y no sé que más miles de patrañas, tan solo porque vivo junto a ti, bajo el mismo techo. Lógicamente ellos ignoran tal vez que yo conozco tu naturaleza Cainita y que no tengo tus mismas inclinaciones sexuales - finaliza con una risotada burlesca.
- Hoy te la contaré - responde sonriendo la Zarina - apenas se retire la pequeña. Petrovna sonrió satisfecha.
Moravska golpetea suavemente el rostro de la niña que plácidamente dormía.
- Bressta..., Bressta..., despierta... - murmuraba entre susurros la hermosa mujer,
- Aquí está tu comida -
La muchacha se endereza de golpe, pide excusas por haberse dormido y coge su plato el cual devora en escasos segundos.
Luego de que Bressta reposara bajo la mirada de ambas mujeres que tan solo la escuchaban mientras la chica conversaba de todo como si recién le hubiesen descosido la boca, Moravska recordaba la semejanza entre la niña ahora instalada en su salón, y la hermosa Craiova. Esto le hacía daño, era mejor que Bressta partiera para así poder reconciliarse con su pasado sin presencias dolorosas.
- Puedes retirarte Bressta - arguyó Moravska suavemente a la chica mientras desliza una pequeña bolsa con antiguas y valiosas monedas de oro en su delantal sin que ésta se percatara.
- Ahora ambas debemos dormir - dice Petrovna.
- ¡Si señora, muchas gracias! - le dice Bressta con voz viva y alegre sin haber sospechado siquiera la cantidad de dinero que cargaba. - mil gracias por su hospitalidad -
La pequeña se acerca a Moravska, le besa la mano en agradecimiento. Luego besa la mano de Petrovna, se aproxima a la puerta y se retira digna y agradecida. Moravska no dejó de tocar y acariciar su mano lentamente como si fuese la mano de su muerta Craiova, no podría haber dejado a una criatura tan semejante a su amada padecer de las penurias y hambrunas de los mortales. Ensimismada en su recuerdo no escuchó cuando Petrovna llegó al salón con una botella de jerez y dijo:
- Esta será una larga noche, soy toda oídos para ti -
Moravska ríe largamente con voz ronca, Craiova siempre elogió su risa, la recordó mientras reía,... la recordaba todos las noches de su eternidad.
- A ver amiga mía... - exclamó Moravska con un suspiro - tanto tiempo imaginando este momento y ahora no sé como empezar -
Petrovna lanzó altas carcajadas empinando la primera copa de jerez de la noche la cual vació de un golpe. Inmediatamente se sirvió otra. Moravska al fin comenzaba su postergado relato:
" Aún recuerdo claramente el palacio donde nací. Mis padres eran los Zares de Rusia, y yo, la futura Zarina. A pesar de haber nacido entre nobles y poseer sangre real, mi espíritu nunca fue delicado ni dócil como el resto de las aristocráticas damas cortesanas. Yo me inclinaba enormemente más por las conversaciones e indumentarias masculinas. Fumé la pipa y el cigarro puro en la penumbra más absoluta de mi cuarto desde que era una niña, y aunque mi madre se esmeró por traer a las mejores costureras de Rusia para que confeccionaran mis vestidos, yo también me esforcé en arruinarlos absolutamente todos para poder así, vestir como se me antojaba. Prefería sin duda alguna los pantalones, y de esta manera montar a caballo con las piernas separadas y no juntas como lo hacían las demás mujeres a causa de sus incómodos vestidos. Nunca respondí positivamente a las caricias de mi madre pero sí a las de mi nodriza, ella era como mi verdadera madre, era la única que amaba mi fortaleza.
Cuando fui creciendo, la espada se transformó en mi mejor amiga y mi mejor aliada, todos admiraban mi destreza con esta arma blanca. La halconería era uno de mis pasatiempos favoritos, y en puntería era la mejor con el arco y flecha. A pesar de que consideraba este último deporte muy propio del gusto femenino, siempre se ganó mi respeto a causa de la gran Safo, la cual extirpó uno de sus pechos para mejorar así su puntería y ser una mejor guerrera. Con el tiempo solicité a mi padre el permiso para poder luchar en el frente con los ejércitos de mi país, pero siempre se me negó la autorización, solo me dejaban estar atrás para que así nada malo me pudiera pasar, todo con tal de proteger a la futura Zarina.
A pesar de que sabía ejercer un excelente dominio sobres las armas, mis estudios eran francamente deplorables, nunca tomé atención en mis clases a pesar del esfuerzo sobrehumano que hacían las institutrices para ganar mi atención. Por lo tanto mis padres decidieron entonces, enviarme a un costoso Internado de Señoritas, el cual estaba habitado solo por hijas de aristocráticos. Ahí realmente conocí el mundo intelectual, a causa de que las armas eran prohibidas en ese recinto, no supe lo que era una espada por más de seis años. Mi gran aburrimiento fue la principal razón de avocarme al estudio de gruesos y extensos textos, dentro de las ramas de filosofía, literatura y aritmética. Los textos sobre mitología griega eran mi gran pasión, como también lo eran esos magníficos estudios filosóficos de aquellos grandes pensadores de la época. La poesía me fascinaba, sobre todo en las que se narraban grandes batallas, pasaba horas leyendo poesía encerrada en mi habitación. Recuerdo las noches apacibles de esos tiempos, ya que existía un maravilloso ser que velaba mi sueño; era una mujer de cabello rojo y ojos verdes, la cual se presentaba cada noche narrándome los episodios guerreros más fantásticos desde la tierra de los mitos. No presté mayor atención a mis sueños repetitivos y tampoco los comenté con alguien, nunca fui mujer de muchos amigos.
Así la vida pasaba frente a mis ojos en forma de gruesos textos académicos, hasta que de pronto mis padres recordaron que yo existía y me retiraron del internado en el invierno más frío que recuerdo antes de llevar esta vida. Continué tomando clases ya que el gusto y el placer que sentía al verme superar a cualquier hombre de la corte en un "duelo" de inteligencia era incluso más placentero para mí que combatirlo a muerte en un duelo de espadas. De esa forma fue como una tarde, cuando finalizaba una de las tantas clases que tomaba junto a mi prima Ivanna, subo a mi carruaje para así llegar a Palacio antes del anochecer. Las ruedas avanzaban dificultosamente por causa de la nieve acumulada en las aceras, el cansancio tenía mi cerebro a su merced, el frío y el dolor en la piel reinaban sobre mi cuerpo en esos instantes. De improviso, como si hubiese nacido de la nada, aparece a la velocidad de una embestida la pelirroja más hermosa que hayan visto mis ojos en todas las vidas que podría vivir un pagano.
Estaba apoyada en la pisadera de mi carruaje con su cabeza asomada en la ventana. Me sonreía. Sus ojos eran de un color verde olivo y los dientes tan blancos como su piel. Abrió la puerta del carruaje como si hubiese sido de ella toda la vida, lo hizo en milésimas de segundo, nunca me enteré de cómo había llegado a sentarse a mi lado. Era hermosa. Sonreía todo el tiempo.
Yo estaba realmente paralizada, jamás pude moverme aunque así lo intenté durante un momento, ella adivinaba mi pensamiento, sabía que yo deseaba moverme, que deseaba hablar, sabía cuanto quería contarle que ella era la mujer que aparecía en mis sueños y que nadie en el mundo se había enterado. Ella asentía a todo, era dueña absoluta de lo que pasaba por mi cabeza.
- Eres hermosa - dice por fin la extraña. Yo continuaba muda y a su merced. Ella se aproxima hasta encontrarse muy cerca de mi boca. Puedo sentir el aroma a sangre fresca que exhalaba al respirar. Su mirada me producía todo el amor del mundo acumulado en un solo latido.
- Tus pechos..., tus pechos son hermosos... - murmura en un susurro. Percibo el aroma que vierte el animal recién sacrificado cuando se acerca hasta mi boca. Me enamoro de su aroma a muerte, a batalla recién ganada. Ella tocaba mis pechos como si se tratase del objeto más delicado y precioso que había tenido entre sus manos.
- Quiero besarte... - murmuré, llena de temor a su rechazo.
- Yo moriría por un beso tuyo... - menciona ella mientras acariciaba mi cabello - eres tan hermosa... - su voz era entrecortada pero segura. - a cambio de un beso deseo darte un obsequio... una sola caricia tuya de esa boca y yo te regalo la vida eterna -
- Deseo darte más que solo una caricia... - susurré mientras me acercaba y la besaba con todo el amor del mundo, con toda una pasión que desconocía, con todo un sin fin de caricias guardadas tan solo para ella. Con lágrimas, con júbilo, con deseo. Ella descendió hasta mi cuello, tan suave como un cisne, y clavó los colmillos más hermosos que nunca haya visto haciéndome sentir el placer más intenso de mi vida. Bebió de mi sangre y luego me dio a beber de la suya. Sufrí una metamorfosis casi inmediata, el dolor era horrible.
- Este será tu último sufrimiento - me dijo.
III
Su nombre era Craiova, Craiova Bratislava. Era hija de una rumana noble empobrecida y de un sacerdote ruso. Ambos nunca consumaron su matrimonio por causa de la iglesia, la cual también los mandó a matar a ambos. Ella siempre mencionaba que era hija de una iglesia déspota y asesina de sus padres, por lo tanto su vida no fue como la del resto de los mortales.
Creció en orfanatos de poca monta, fue maltratada, muchas veces violada por más de algún sacerdote de la iglesia. Ella era el pecado de sus padres echo carne, como si la culpa de lo sucedido fuese suya. Un eclesiástico fue el que la "abrazó" por primera vez, sin derecho alguno a la elección. Pertenecía al clan de los Bhalin, Craiova logró huir de los brazos de este monstruo que literalmente tenía el pene como el demonio y se refugió en el clan de los Mordred, los Cainitas asesinos con el don del intelecto.
Los Mordred son un clan extremadamente fuerte, se caracterizan por ser uno de los más hermosos de la sociedad Cainita, pero así también uno de los más crueles. Su don característico es el ataque indirecto, por lo tanto se caracteriza por tener una mayoritaria población femenina.
El Sire de Craiova fue un hombre llamado Sigfrid, éste la adoptó tras el abandono que ella había hecho de su antiguo clan Bhalin. Con él aprendió todos lo secretos que ahora yo también conozco, fue el único ser por el cual siempre sentí un enorme temor de perder a mi bardo.
Con Craiova aprendí a distinguir entre la sangre criolla de otra de mala casta, a robar besos ajenos y a ganar en un juego de miradas, a dormir de día y a vivir de noche, a hacer el amor en pequeñas camas de satín y a mirar la nueva vida con los ojos de un vampiro. Aprendí a refugiarme en los mausoleos y a no temerle a los crucifijos, a comer ajo en Rumania y a pedir permiso para entrar en las casas, a utilizar mi efectivo don de retórica y elocuencia para conseguir a toda costa mis propósitos, y a despertar en los brazos de mi sire cada noche de la eternidad.
Pasamos noventa y ocho años mortales juntas, pero aún faltaba algo: yo también debía convertirme en Sire para que mi educación Cainita estuviese completa, con Craiova aplazamos ese momento tanto como pudimos, pero ahora el clan exigía nuestra separación y debíamos acceder. Se supone que el Sire debe dejarte partir en el momento que ya el Cainita está preparado, y yo lo había estado desde hacía ya mucho tiempo, ahora era yo la que protegía a Craiova siempre a pesar de que ella era mi maestra, ella siempre reconoció haberse enamorado de mi fortaleza. Por otro lado los tiempos ya no estaban como en la era de Caín para vivir sin un clan que te protegiese, debíamos acatar lo que el Príncipe dictaba.
Fue una noche de luna creciente cuando nos despedimos prometiendo vernos dentro de poco tiempo, ella besó mis manos como lo hacía siempre, yo no pude evitar abrazarla. Sus ojos estaban húmedos pero sonreía a pesar de todo, nos besamos desesperadas, con una mezcla de pasión y angustia que nos devoraba las entrañas. Me obsequió su puñal de oro y yo le entregué mi daga turca de zafiro. Nunca antes había llorado en la vida.
Ella partió hacia el este, yo, hacia el norte. no volteé jamás hasta que ella gritó:
- ¡Zarina! -
- ¿Si? - contesté.
- Nunca olvides que tu sangre carga con una parte de mí -
- Nunca lo olvidaré - mi voz salió en un susurro. Ella sonrió hermosa y giró hacia el este, desde ahí no la volví a ver hasta veintidós años mortales después, en la celebración de la Cuarta Luna del Dragón de Fuego. En Eslovenia.
IV
Con respecto a mis padres y el reino, la verdad es que todos pensaban que yo había muerto. El gran cambio que sufrí después de ser abrazada fue tremendo, mi cabello antes castaño adquirió el color del ébano, mi piel era inmaculadamente blanca y en mis ojos se intensificó el color azul grisáceo que los caracterizaba. Cuando al fin pude observar mi rostro frente a un espejo, sentí temor de ser tan bella. Solo Craiova sonreía, satisfecha por su gran trabajo:
- Eres mi primer abrazo - me dice - Quiero que seas el primer y único abrazo, no en vano te he observado estos últimos diez años -
- ¿Me has estado observando? -
- Desde que te vi la primera vez, cuando tenías catorce años, amé tu fuerza, me enamoré de tu fortaleza -
- Y yo he estado soñando contigo estos últimos diez años - mencioné sonriendo.
- Lo sé - respondió - Yo he estado tratando de entrar en tu mente todo este tiempo, la verdad pensé que no lo había conseguido -
- En eso te equivocas - le dije - No imaginas cuantas noches en vela he pasado por tu causa - Sonreí. Ella se acercó a mí con la libido danzando en su mirada. Me besó suave, despacio, saboreándome. Acarició mis pechos con movimientos circulares, deslizó sus manos por mis caderas, yo enredé mis dedos en su cabello en cual ardía furiosamente. Me encontraba en la gloria máxima, olas de calor iban y venían por todo mi cuerpo, el solo hecho de sentir toda su escultural figura sobre mí, el solo roce de sus carnes blancas, de sus pechos redondos, me producía escalofríos desde la espalda hasta el bajo vientre. No podía controlar el deseo de tocarla, el calor que ella expelía era demasiado. Mis manos buscaban su piel, aquella oculta, lograba percibir la humedad latente entre sus piernas, el aroma dulzón y ácido que cargaba aquel líquido ambarino resbalando suavemente por sus muslos. El contacto. Necesitaba el contacto, saborear esa delicia y beberla hasta saciarme. El deseo superaba las ansias por beber sangre. Me deslicé suavemente como una serpiente siempre pegada a su cuerpo, llegué hasta una piernas marfílicas, de diosa, las cuales parecían hechas por la nieve más alta de la cordillera. Mi lengua logró llegar al sitio exacto, a aquel que produce espasmos ensordecedores y placenteros, y pude descansar entre aquellos delgados bloques de mármol haciendo bailar mi lengua al son de mis latidos. El corazón de mi bardo latía con la fuerza de mil ejércitos apretándose en su pecho mientras la sangre bombeaba como un torrente a través de sus venas melancólicas, su respiración era entrecortada y rápida, sus caderas se bamboleaban frenéticas en la búsqueda del ansiado final, yo no podía parar de saborearla muy despacio, deseaba por todos lo medios posibles alargar aquel momento, pero sabía que no podía hacer esperar tanto a esta musa de marfil que amenazaba con colapsar pronto. Craiova cogió mis brazos y me alzó, controlando su deseo al máximo, tomó fuertemente mi cintura girándome hacia abajo y depositándose ella sobre mí mientras me besaba con pasión frenética. Nuestros cuerpos fusionados me provocaban mares incontrolables de deseo, su garganta emitía deliciosos gemidos guturales, sus pupilas estaban dilatadas y el sudor blanco resbalaba deliciosamente entre sus pechos. Sus colmillos afilados emergieron, también los míos. Los gemidos susurrantes y la suave convulsión de ambos cuerpos anunciaron el final tan deseado por ambas. En esa noche y en ese encuentro, ella se ganó mi alma.
V
Cuando concordamos los preparativos entre Craiova y yo, conseguí fugarme de Palacio sin que nadie percibiese nada. Mis nuevos poderes de Cainita eran impresionantes, podía saltar las paredes antes imposibles para un ser humano, podía camuflarme entre las sombras y tenía el poder de recorrer grandes distancias en milésimas de segundo.
Llevé conmigo cada pertenencia valiosa que pudiera hallar en Palacio, cargué todo el oro que pude encontrar, todas las piedras, llené mis maletas con los vestidos más valiosos que tenía y escapé por un ventanal hacia los brazos de Craiova, la que me esperaba en la puerta de una antigua mansión, en Checoslovaquia. Era necesario huir del país para no levantar sospechas. Ahí cenamos aquella noche y finalmente nos quedamos en aquel lugar, necesitábamos un hogar y ese sitio era fabuloso para ambas: reinaba una absoluta penumbra, estaba apartado de la ciudad y nadie venía a molestar. Esa mansión fue testigo de toda nuestra vida juntas, de todo el amor que Craiova profesaba por mí, de sus hermosas elegías recitadas cada noche, de la forma melodiosa y angelical con que tocaba el arpa tan solo para mi deleite. La verdad, debo confesar que yo poco me interesé en sus artes como para aprenderlas, pero si disfrutaba enormemente de su desarrollo, especialmente si era ella quien las interpretaba. Pero Craiova en cambio tan solo deseaba que yo le enseñase a usar las artes y la técnica de la espada, me preguntaba siempre cuáles eran las brujerías ocultas en la halconería para que esta ave siempre regresase, y por más que intentó aprender a dar en el blanco con el arco y flecha, debo confesar orgullosa que jamás superó al maestro aunque se desarrollaba divinamente bien. Ella no lo sabía pero también había nacido para la batalla.
Nos levantábamos apenas caía el sol, yo era la Cainita más feliz del reino de los muertos por despertar siempre entre los brazos de esta hermosa poeta, salíamos cada noche a contemplar los astros y a cenar como era de costumbre. Casi siempre nos alimentábamos de hermosos y fornidos campesinos, o tal vez de una bella vendedora de flores, los ancianos nunca nos caían del todo mal aunque la sangre en sí era mucho más líquida que la sangre joven. Recorríamos las calles, los teatros nocturnos protagonizados por nuestros propios congéneres, los bares y las casas de meretrices. También recorríamos enormes cementerios tomadas de la mano, entretenidas leyendo epitafios y fechas inscritas en los enormes bloques de piedra tallada. Nunca pertenecimos a ninguna clase de corte o iglesia, nunca pretendimos otra cosa en el mundo que tan solo estar la una al lado de la otra y ser fieles a nuestro clan.
Craiova confiaba en mí de una forma ciega, como confían los niños. Me veía más como una diosa que como un Cainita, siempre confesó que a mi lado se sentía absolutamente segura, ni siquiera con el holocausto o el Apocalipsis más magno ella se sentiría amenazada o en peligro de algo si se encontraba a mi lado. Ella era frágil, a pesar de toda la fuerza que guardaba y de ser una Mordred, poseía más astucia que fortaleza. Yo siempre le aseguré que moriría por su causa.
VI
El día que me encontré sola, caminando quién sabe para donde, sin destino determinado y sin saber si lograría encontrar a mi primer abrazo. Con Craiova caminando hacia el este y sin mi presencia que la protegiese. Sentía miedo de que algo le pudiera suceder, pero sabía también que ella debía aprender a defenderse sola. El problema nunca fueron lo Humanos, sino el resto de los clanes Cainitas que amenazaban con la supervivencia de la raza, sobre todo con los Mordred los cuales eran tremendamente odiados por la mayoría de los clanes a pesar de ser respetados. Pero el encontrar a un Mordred solo deambulando por cualquier camino solitario era una enorme tentación para cualquiera, incluso para un grupo de desvalidos Ravnos.
Cuando llegué a París tan solo deseaba que esta separación absurda terminase pronto para poder así volver a besar los labios temblorosos de mi bardo nuevamente. Debía actuar rápido, debía encontrar apresuradamente a un mortal lo suficientemente digno como para ser abrazado y así recibir las respectivas exultaciones de mi clan y de mi hermosa Sire lo más pronto posible. Observé a todos los mortales dignos de un abrazo pero lamentablemente no servían para mi clan, todos eran excesivamente delicados, sensibles, pulcros y humanos. Todos ellos servían para alguno de los trece clanes que existían poblando la tierra, especialmente para algunos clanes específicos, pero no para el mío. No conseguía ver a nadie con suficiente crueldad en la sangre como para provocar mi admiración, llegué a creer que mi elección por ese país no había sido la adecuada.
Pasó el tiempo, lento y perceptible como el dolor de la tortura. Al cabo de un año, cuatro meses y veintidós días apareció el ser humano deseado: su nombre era Mortimer Lacraux, un fiero y sanguinario barón el cual había asesinado a sus últimas cuatro esposas por no cumplir debidamente sus labores. La servidumbre también iba desapareciendo poco a poco, Lacraux dominaba a sus súbditos bajo el gobierno del terror.
Abracé a Mortimer una noche con luna nueva, mientras él bebía una copa de brandy en su estancia. Recuerdo su rostro angustiado, la parálisis de su cuerpo, a metros de distancia podía sentir como el miedo brotaba de su piel angulosa. Esa noche adopté mi forma física más abominable con el único propósito de infundir un terror incontrolable en mi víctima, pero él soportó digno y de pie toda treta de horror que pude haber utilizado. A él no le di la oportunidad de escoger si deseaba ser abrazado o no, yo me encontraba desperada por no poder ver a Craiova, esa era mi única meta, solo por eso realizaba lo solicitado por mis superiores Cainitas. A pesar de que Mortimer nunca tuvo la opción de escoger su destino, la verdad es que fue lo mejor que le pudo haber sucedido en la vida, estaba absolutamente satisfecho con el cambio del cual ahora era prisionero. Esos años restantes tuve todo el tiempo disponible para enseñarle el mundo de las artes Cainitas: le enseñé a besar y a adivinar las bocas deseosas, a aspirar los tibios alientos de las jóvenes hermosas, a disfrutar del aroma dulzón que se acumula en las muñecas y en la curva interior de los codos antes de clavar los colmillos, y de cómo debía catar la vitae y convertirla en algo cargado de rito y sortilegio. Él era brillante, todo lo aprendía con enorme sagacidad y destreza, fue el mejor Cainita iniciado que existió durante setenta y tres años mortales. Sentí por él un aprecio profundo y un gran respeto por las habilidades que demostraba tener. Mortimer me tomó por esa guía y compañera, fuimos hermanos de juerga durante largo tiempo, significaba un gran logro para mi clan y un gran aliado y protector para mí.
Mortimer ingresó al salón donde yo dormía con largas y fuertes zancadas. Abrió suavemente la cubierta de mi ataúd y comenzó a rozar mi rostro con una hoja de papel mientras susurraba:
- Moravska,... cariño,.... despierta....-
- Mmmmmmmmmm - - Tengo una grata sorpresa para ti, cherrìe. Llegó carta.-
- ¿Carta para mí? - pregunté asombrada
- Si -
La tomé entre mis manos y tenía el sello real de la corona Mordreriana, me comunicaban que dentro de dos meses se celebraría la Cuarta Luna del Dragón de Fuego, reunión que se da cuando la cuarta luna del mes cae en la casa de Leo el día siete de Agosto. Esta vez se celebraría en la ciudad de Ljubljana, en Eslovenia. Eran las mejores noticias que había recibido desde que me encontraba en Francia, al fin podría ver nuevamente a Craiova.
VII
Esperé y preparé nuestro viaje con Mortimer durante quince días. Deseábamos viajar como mortales porque cuando eres Cainita a veces deseas hacer las cosas que hacías cuando eras mortal, sobre todo para mí pues lo único que deseaba en la vida era poder matar el tiempo, me sentía una verdadera prisionera de Cronos en traje almidonado. Recuerdo que fue el viaje más tedioso de mi existencia y juré por el Gran Cainita nunca más volver a repetirlo de no ser estrictamente necesario. Demoramos veintisiete días de carruaje en llegar a Eslovenia, mi cuerpo estaba alborotado por el deseo de ver a Craiova; no conseguía dormir lo suficiente, no sentía hambre y me poseía un terror inmenso por tan solo pensar que ya me pudiese haber olvidado. Lamentablemente está prohibida la comunicación entre Sire y discípulo durante la iniciación de éste, por eso en todo ese tiempo nunca supe nada de Craiova, era mi deber mantenerlo así y no quebrantar las reglas.
Los preparativos para la celebración estaban en su auge máximo, éstos eran realizados por algunos pocos líderes del clan, los más ancianos, aquellos que ya ni siquiera la luz del día les causaba daño. Solo faltaba la hora exacta para que comenzara la concurrencia.
A las diez de la noche era la hora de la cita según habían estipulado los líderes del clan, yo sentía que en cualquier minuto podía perder el alma. Me aproximé despacio, buscando con la mirada llena de angustia una cabellera color de fuego, Mortimer me llevaba del brazo como todo un gentilhombre, tal como se lo enseñé. En esos momentos sentí en mi mente la voz triunfante de Craiova.
- ¡Zarina! - exclamó extasiada.
Ella me había descubierto primero, mi corazón latía con una fuerza antinatural e indescriptible, la sangre agónica recorría mis venas como un torrente furioso a punto de morir en el mar, y aún no lograba verla. De pronto descubrí una presencia femenina usando el don de la celeridad, especialidad tan arraigada en mi poeta, supe inmediatamente que era ella la que se aproximaba como un relámpago hasta donde yo me encontraba, logro observar un bulto oscuro frente a mí que de pronto se vuelve nítido, era ella... mi luna, mi hermosa escritora musa de las artes. Una sonrisa se dibujó en el rostro de ambas y el tan ansiado abrazo no pudo esperar más segundos. La miré con lágrimas en los ojos, ella tampoco logró disimularlas, no podía dejar de acariciar sus mejillas, de tocar su cabello, ella hacía lo mismo conmigo. Despacio tomó mi rostro y degustó mi boca fría, pude sentir nuevamente la suavidad de los labios de Craiova, su aroma a sangre fresca tan característico, sentía deudas de besos y de piel tersa, piel blanca y perfecta de diosa sumergida bajo bloques de nieve."
- ¡La imagino tan hermosa! - masculló abruptamente Petrovna, la cual iba ya en la quinta botella de jerez pero intacta como el mejor corsario de la época.
- Era mucho más hermosa que eso - exclama Moravska con la mirada perdida entre tantos recuerdos que noche tras noche intentaba olvidar.
- ¡No me habías informado que tengo el gusto de vivir con alguien de la realeza! - recalca Petrovna sonriendo, pero logra percibir que su señora era invadida por una gran nostalgia.
- Cuéntame más Moravska, cuéntame todo lo que desees querida -
- Está bien - arguyó Moravska con tono sombrío - Esta noche necesito contarlo todo de una vez. -
"Esa noche transcurrió todo perfecto, Mortimer fue aceptado con honores en nuestro clan y yo recibí al fin la consagración final, la cual me convertía en Sire según el ritual de la Cuarta Luna. Mi hijo Cainita ya podía manejarse solo por la vida sin necesidad alguna de mi persona, yo me encontraba con mi hermosa bardo después de haber sufrido tanto por su ausencia. Lo tenía todo y era inmensamente feliz.
Esa noche el ritual estaba en su apogeo, las pequeñas fogatas esparcidas a lo largo del terreno baldío daban la impresión de algún ritual Druida o Templario. Craiova se encontraba a pasos de mí, y decido acercarme por detrás para cogerla suavemente por la cintura, ella se amolda a mi cuerpo de manera perfecta y besa mi rostro mientras me dice:
- Hoy he conversado con Sigfrid -
Mi corazón se contrajo y una mueca inevitable un poco angustiada apareció en mi rostro, jamás en la vida había surgido en mí ese tipo de emoción. Ella nunca logró ver mi semblante transfigurado.
- ¿Ah sí?. ¿Y qué tal te fue? - le dije intentando sonar natural.
- Bien, la verdad me fue excelente, dijo que mi rostro nunca había tenido tal cantidad de alegría, y eso tan solo te lo debo a ti - mencionó sonriendo.
Creo que nunca había respirado tan aliviada, sentí como una sonrisa se estampó en mi rostro y nadie pudo sacarla de ahí por una buena cantidad de minutos, ella me indicó hacia una multitud y me señaló con el dedo donde se encontraba Sigfrid entre los inmortales. Era un hombre apuesto, de larga y lustrosa cabellera negra, ojos color del ébano y con una piel tan blanca como la nuestra. Conversaba animadamente con Mortimer, el cual contrastaba junto a él por causa de su curtida piel de tono mate y su cabellera color de miel.
- Mira tan solo que nuevo dueto veo formándose en la lejanía - dije bromeando.
- Mmmmm, me parece muy bello, Sigfrid se encuentra solo desde hace mucho tiempo, sé que busca a alguien que sea su reflejo en el espejo, no a un inexperto o inexperta que deba enseñar. Esta cansado ya de eso. -
- Apuesto a que Mortimer será ese reflejo - dije sonriendo.
- Eso espero, es un hermoso espécimen. Lo escogiste bien, te felicito. -
Sellé su boca con un largo beso, el ritual ya finalizaba y faltaba no más de una hora para el definitivo amanecer, todos regresamos a nuestros aposentos. Esa noche dormí como un bebé junto a Craiova, noté que ella también había descansado más de lo que reposaba cotidianamente sin mí. Esa noche cenamos abundantemente de hermosos ejemplares, teníamos que celebrar el hecho de poder estar juntas nuevamente, conversamos caminando tomadas de la mano por todo el cementerio local. Ella de pronto se detiene frente a mí:
- Quiero contarte lo que he hecho durante estos años - No me dejó hablar, me llevó hasta un hermoso mausoleo, entramos en él y me pidió que la esperara sobre una tumba de piedra. Ella por mientras retiraba la cubierta del féretro siguiente e hizo una señal para que me acercara:
- No fui a lado alguno, te esperé aquí todo el tiempo, en nuestro refugio. Cada noche, vine hasta aquí a pensar en ti Zarina, cada noche escribí algo distinto recordando tu persona, hermosa guerrera. Y puedo jurar por el Gran Cainita que jamás había amado de esta forma, jamás había escrito tanto como hasta ahora. - Ella me señala la tumba abierta, observo dentro y logro ver una infinidad de hojas apiladas en perfecto orden, escritas con la letra de Craiova. Era una cantidad tal que llenaba hasta el borde al gran lecho de piedra, no pude ocultar la felicidad que desbordaba mi mirada, ella había escrito sagradamente todos los días desde mi ausencia, jamás dejó de pensar en mí. Ojos verdeoscuro me susurraron desnudez y piel, gracias a su celeridad en menos de un segundo mi vestido yacía en el frío suelo, me cogió en un tibio y arrullador abrazo:
- Nunca podré olvidarte - habló despacio mientras mis pechos eran devorados por esa boca maravillosa:
- He vivido así tan solo por la esperanza de que aceptaras mi propuesta cuando te visité por vez primera en tu carruaje -
- Yo tan solo deseaba conocer a esa bardo que aparecía en mis sueños - murmuré muy despacio.-
Ella deslizaba hábiles manos por mi cuerpo entero, deteniéndose en lugares precisos y acertados. Yo me encontraba sumergida en esa cabellera color de fuego tan mía, deslizando mis manos por ese cuerpo lechoso y terso sin poder controlar esas oleadas que arrasaban todo mi cuerpo. Esa noche al mirar el cielo supe que lo nuestro sería eterno, que mi amor por ella nunca moriría. Craiova tomó uno de mis pechos entre sus manos, ojos verdeoscuro me miraron nuevamente y sentí perderme en ese bosque sombrío mientras su lengua dibujaba círculos húmedos alrededor de mis erectos pezones. Mis manos comenzaron a recorrerla con necesidad y urgencia, como tan solo los seres ausentes consiguen tras haber desaparecido por un largo tiempo.
VIII
Esa noche regresamos a nuestro refugio dos horas antes del amanecer, al llegar percibí la fuerte presencia de un Cainita ajeno a nuestro clan merodeando por los alrededores, Craiova también la sintió, eso la dejó tensa. Yo deseaba a toda costa proteger a mi Sire de cualquier amenaza así es que tomé mi espada y le pedí que se escondiera dentro de nuestro ataúd. Al salir de nuestro cobijo pude sentir el olor fuerte y persistente de la demencia en toda su expresión, era un Malkiv, el clan Cainita que carga con el "don" de la locura. La verdad es que solo un loco podía estar merodeando el refugio de un Mordred, somos mucho más poderosos que ellos, pero a veces la locura entrega fuerzas inesperadas que sorprenden hasta dejarte muda. A pesar de toda la tensión que sentía en ese momento, nunca sentí miedo, solo una rabia inmensa por tener que perder el tiempo con un maldito loco.
Craiova no logró mantenerse dentro del ataúd por mucho tiempo, la angustia la consumía, necesitaba saber como me encontraba, la logré ver con el rabillo del ojo engrudada a la ventana observando mis movimientos. El demente Cainita no haría ingreso a nuestra propiedad, ningún vampiro puede entrar en el recinto de otro sin ser invitado, al igual que nos sucede con los mortales. Yo me encontraba inserta en una fría madrugada, intentando cazar la risotada burlesca que emitía ese maldito Malkiv cada cierto lapso, el infame loco sabía escabullirse perfectamente por las grietas ruinosas del enmarañado bosque, sentía que le pisaba los talones. Miré hacia el cielo y me di cuenta de que faltaba aproximadamente unos cuarenta minutos para el amanecer, debía regresar, no me arriesgaría así por un maldito enfermo.
- ¡Craiova! - grité, - ¡abre la puerta! -
Ella me abrió desesperada, con los ojos muy abiertos y palpándome con manos frescas para ver si todo estaba en su sitio. Tan solo besé su frente helada y la abracé con fuerza, mi interior le rogaba al mismísimo infierno que nada malo le ocurriese. Esa mañana nos fuimos a dormir tensas, yo acurruqué a la hermosa poeta entre mis brazos, dormimos entrelazadas el día entero sin movernos siquiera. Apenas cayó el atardecer despertamos con menos hambre que ayer, yo aún lograba sentir la presencia Malkiv merodeando cerca de ahí, no quise comentarlo con Craiova, deseaba evitarle preocupaciones. Esa noche cenamos en casa, teníamos buenas reservas en el sótano para casos de emergencia. La bella literata tocó sus hermosas melodías en el arpa una vez más, intentando así poder aplacar las tensiones del día anterior. Leyó sus poesías favoritas, intentó llamar a los Mordred que rondaran cerca, yo también llamé a Mortimer, ella Sigfrid, pero nunca obtuvimos respuesta alguna con los llamados. Ya todo se veía venir, ambas nos sentamos tranquilas en un gran sillón ruinoso y descuidado por los siglos, nos abrazamos durante horas que pasaban como estrellas fugaces, no necesitábamos decirnos palabras empalagosas para expresar todo el amor que sentíamos, yo sabía que Craiova me amaba, y ella sabía todo lo que la amaba yo. Esa noche fuimos a dormir antes del amanecer, planeamos recostadas el huir al refugio principal Mordred apenas cayera el atardecer. Aún el aire cargaba con ese olor pestilente a locura que hacía pesado el ambiente, dormimos como toda la vida, ella refugiada entre mis brazos.
Ese día Craiova despertó aproximadamente treinta minutos antes del atardecer, estaba demasiado ansiosa para continuar durmiendo y deseaba empacar algunas cosas de valor para la partida por si surgía alguna necesidad. Se dispuso a abrir la cubierta del féretro para poder salir mientras yo aún dormía, de pronto un rayo de sol furioso penetró el cuerpo blanco de mi hermosa bardo antes de que ella misma se diese cuenta, ya era demasiado tarde para cerrar el ataúd y dar pie atrás, miles de rayos de luz atravesaban como dagas de fuego el frágil cuerpo de Craiova, todas las ventanas habían sido abiertas de par en par por ese maldito demente Malkiv que había merodeado el refugio las dos noches anteriores. Yo aún me encontraba protegida por la sombra que proyectaba la cubierta del féretro, el sol no conseguía dañarme. Los gritos de creciente dolor y agonía me despertaron del más profundo sueño, al ver las llagas abiertas y profundas que de pronto emergían de la piel de mi poeta, hice el intento de sujetarla por un brazo para así poder introducirla nuevamente en el ataúd. Ella estaba aterrada, yo nunca en mi vida había visto algo así; el brazo de Craiova se convirtió en ceniza que se deshizo entre mis dedos en segundos tan solo por querer socorrerla, me encontraba estupefacta, no era capaz de emitir sonido alguno. El sol se había robado a mi poeta.
El sol, el maldito sol se había robado a mi hermosa princesa, ¡se había robado sus cabellos de fuego porque sentía envidia de la radiante luz que ella producía de noche!.
Nada tenía razón de ser, yo desconocí siempre los motivos si es que hubo alguno por el cual los Malkiv tuviesen sed de venganza. No pude moverme de ahí en toda la noche tan solo contemplando los últimos vestigios que quedaban del cuerpo de Craiova. Quise acariciar por definitiva vez aquel rostro de ceniza el cual se hizo polvo al apenas rozarlo con mis dedos, esperé sentada sin moverme hasta que amaneció nuevamente, me refugié en el sótano expulsando con gritos despavoridos a los humanos que tenía prisioneros, todos huyeron horrorizados. Esperé todo el día sin poder dormir, con lágrimas interminables que cargaban con todo un dolor nunca antes sentido por este cuerpo. Salí con las primeras tinieblas del atardecer, vagué por las calles, recorrí nuestros teatros y me dejé consolar por los dulces brazos de mis queridas cortesanas y reposé en sus estériles pechos por minutos. Ellas conocían a Craiova, dejé que cumpliesen conmigo ese rol que la vida les tenía negada. Muchas de ellas mantenían relaciones como la nuestra por lo tanto eran las únicas amistades que nos conocían desde cerca y no sentían miedo de nuestra condición Cainita. Muchas no pudieron evitar las lágrimas y el llanto cuando se enteraron de lo sucedido y le organizaron a mi bardo un funeral digno de una Zarina. Cuando quise partir, la bella Calixta se ofreció para acompañarme, y juntas recorrimos el gran cementerio local con la única intención de rescatar todas las cartas de mi bella Sire.
- Siempre escribió hermoso, cuantas veces nos deleitó con sus delicadas poesías - comentó Calixta llena de tristeza.
No pude articular palabra, no pude responderle porque no deseaba que mi voz se quebrase al hablar, ella tomó uno de los escritos de Craiova y leyó:
- En la oscuridad de tus palabras, el único reflejo que me queda es este líquido vivo y recalcitrante. Sigo sangrando por ti, a pesar de todo y de todos; aún no se detiene. La sangre se entrecruza con mis saberes, y ellos se transforman en esta costra viscosa que dibuja tu nombre encima; se transforma en este músculo inservible, que algunos idiotas han querido llamar corazón. -
la chica dejó la hoja sobre el resto del montículo y guardó silencio. Faltaba aproximadamente media hora para que apareciera el alba,
- debo partir - le dije sin dejar de acariciar su mejilla y salir de ahí corriendo para no volver a caer en el dolor frente a sus ojos. Ocupé mi celeridad para dirigirme al refugio de los Malkiv. Ellos desconocían un detalle que yo jamás pasaría por alto: todos los Malkiv del país se refugian en el mismo sitio y se duermen exactamente media hora antes del amanecer para protegerse, la locura es un arma de doble filo y por lo menos juntos infunden temor, terror o lo que sea. El otro punto a favor es que los Malkiv cargan con una debilidad mortal como nos sucede a todos los Cainitas, y la de ellos es la claustrofobia, por lo tanto no pueden dormir con los cofres cerrados ni pasar demasiado tiempo en sitios reducidos.
Faltando quince minutos para despuntar el alba, toqué la puerta del refugio de los dementes. Detrás de la puerta apareció un viejo el cual babeaba como un idiota, inmediatamente percibí que este hombre no era humano, así es que fingiendo seguir su estúpida locura y aprovechando mi suerte le pedí que me dejara entrar, el indigente asintió con la cabeza seguido de un murmullo gutural incomprensible lo cual me dejaba libre acceso para lograr mi cometido: Arrastré cada una de las setenta y nueve ataúdes que guardaba aquel mísero refugio; fue nuevamente necesaria mi celeridad para poder así finalizar esa ardua tarea en tan solo minutos. Faltaba poco tiempo para el amanecer, así es que aguardé dentro del cobijo de los "poseídos por la locura" mientras estrangulaba al idiota para no dejar testigo alguno, jamás me alimentaría de un loco. Usé la ofuscación durante el día, de todas formas nadie imaginaría que me encontraba en el aposento inmundo de los dementes, si alguien en este mundo decidía entrar, jamás podría descubrirme.
Murieron absolutamente todos, pude oír claramente sus gritos desesperados pidiendo auxilio. Unos lloraban e imploraban perdón, otros pedían a gritos su locura porque el sol se las había robado, algunos incluso reían y agradecían a los dioses por la liberación. Cuando cayó la noche me retiré jamás satisfecha y eternamente vacía a mi refugio el cual sellé nuevamente. Las cenizas de Craiova aún estaban ahí, esperándome. Cogí aquella caja de cristal que tanto le gustaba a mi bardo y guardé ahí sus restos, aquellos que tú conoces tan bien mi querida Petrovna, esos que han descansado durante más de cien años sobre la misma chimenea."
Por el rostro de Moravska resbalaban aún tibias lágrimas en honor a la dolorosa pérdida. Petrovna, la cual era una vieja bruja curtida y endurecida por el paso de los años, no pudo evitar que sus ojos se humedecieran de pronto con la historia de su querida señora. Ahora podía comprender el por qué de tanta tristeza y amargura encerrada por tantos años en un solo ser, ahora comprendía todo, ahora ella comprendía por qué su señora era la dueña absoluta de todo el dolor del mundo.
- La pequeña que invitaste hoy, ¿era como Craiova? - preguntó la vieja.
- Si, el parecido era realmente impresionante -
- ¿Cómo te sientes ahora? - susurró Petrovna
- Aliviada creo, arrepentida de no haberla podido salvar a tiempo. Nunca me merecí su confianza, ahora tan solo deseo dormir - musitó la inmortal. - Está bien, dejaré que descanses, Zarina. Pero creo que ella nunca te ha culpado de nada, tú sabes que yo converso con las almas, y lo que ella me dice y me ha dicho siempre es que nunca tú has sido la culpable de nada. -
- ¡¿Conversas con ella?! - casi gritó Moravska sorprendida de las habilidades de su compañera - ¿Puedes saber si me odia?, eso realmente no podría soportarlo aunque de verdad lo comprendería. -
- No te odia mujer necia, ella sabe que no es tu culpa, no te comportes como una niña a estas alturas, conserva algo de dignidad ¿está bien? - responde Petrovna sarcástica.
- ¡Ohhhh, cállate vieja bruja, vete al demonio! - responde riendo Moravska - Hey, y si conocías esta historia, ¿para qué me pediste que te la contara?. -
- Tan solo para conocer tu versión, cariño. Me voy a dormir. -
Ambas se levantaron automáticamente de aquel sillón maltratado por los siglos. Petrovna se fue a dormir ya media borracha por tantas botellas de jerez. Moravska caminó suavemente hacia la puerta, la abrió y quiso mirar la luna por última vez, la contempló en toda su expresión, redonda y hermosa. La luna, única testigo de sus cacerías, de sus caminatas por aquel cementerio desierto, de su amor inmaculado. La luna debía recordar muy bien a Craiova, la hermosa bardo, la musa de las artes, la mujer que tocaba el arpa como las diosas más celestiales.
La Zarina se quedó de pie junto a la puerta durante horas. Comenzó a percibir como los primeros rayos del sol lograban iluminar los prados que se adivinaban a lo lejos en el horizonte, todo comenzaba a brillar con blanca luz cegadora. Miró directamente hacia el sol y pudo ver que éste era más rojo desde la última vez que lo había visto, ella tenía razón: el sol se había robado a Craiova porque envidiaba su hermosa cabellera de fuego que hacía luminosa la noche, ahora la poeta descansaba eternamente en el centro de esta enorme estrella luminosa. Moravska estaba cansada, era como si todo el peso enorme de los siglos descansase sobre su espalda de guerrera, sobre sus hombros. Ya era tiempo de una tregua, ya era tiempo del descanso. Ya era tiempo de refugiar nuevamente entre sus brazos a la hermosa bardo. Todo estaba claro, tan claro como el cielo, claro... claro... blancamente cegador.
Los primeros brotes del amanecer atravesaron aquel cuerpo hermoso como si fueran cientos de espadas ensartadas en su carne. Moría atravesada por espadas de luz, moría dignamente como una guerrera, como siempre deseó morir. Ya no le importaban el dolor ni las llagas despiadadas, volvería a encontrarse con su musa, con la hermosa mujer que la perseguía en sueños. Se encontraría con ella en el interior del sol, sin heridas, sin temor a la luz, sin ser esclavas. Como nunca jamás lo había soñado antes, en toda la eternidad.
Fin.
Notas:
1. Vampiro 2. Hermano de Abel, hijos de Adán y Eva. Génesis de la Biblia Católica. 3. Drácula, mitológico vampiro de Bram Stoker. 4. La autora pretende hacer alusión a Helena Petrovna Blavatski, una de las ocultistas más famosas de fines del siglo XIX. 5. Hija del Zar de Rusia. 6. Se refiere a la gente de la corte. La alta clase social de la época, la que se codeaba con los reyes. 7. Una de las formas de fumar tabaco. 8. Se refiere a las hojas de tabaco enrolladas que forman un gran cigarrillo. 9. Mujer que amamanta a los hijos de las madres que no poseen leche. Luego pasó a ser una especie de niñera. 10. Consiste en el entrenamiento de los halcones. 11. Poeta perteneciente a la isla de Lesbos. Se dice que Safo estaba profundamente enamorada de Atis. Las amazonas pertenecen a esta isla y ellas extirpaban uno de sus pechos para ser las mejores tiradoras con el arco y flecha. 12. Gente perteneciente a las altas clases sociales. 13. Maestro. El que enseña todo el arte vampírico y el que te induce a la transformación. 14. Poetiza. 15. Nativa del lugar. Sin mezclas raciales. 16. Celebración Cainita donde la cuarta luna del mes cae el día siete de agosto. Es un ritual muy importante y simbólico por lo dificultoso de la fecha. 17. Mordida por un vampiro. No incluye necesariamente la transformación. 18. Clan gitano, son ladrones, embaucadores y mentirosos. Pertenecen a la escoria gitana. 19. Sangre. 20. Velocidad de rayo. 21. Pirata. 22. Caín. 23. Prostituta. 24. La habilidad Cainita para transformarse en sombras y confundirse con la oscuridad.
por drogA_Esteparia Por ese despertar de luna que hizo me alejar de todo cuanto pude o supe, por ese temporal de viento que arrancó mis cabellos, por la lejana sombra del amor saboteando a las estrellas, por los caminos que me negué recorrer, por los abismos que logré con mis puñados de letras, por el tiempo en el que la marcha mayor era no marchar, por ese coagulo de inercia, por aquel semblante de agradable espiritualidad en los fuegos de las apariencias, por ese fantoche envuelto de túnica que nunca guió mis pasos, por todo ello y hacia el inexplicable mundo que soy es que levanto mi ser en nombre del gran dios padre. De dónde vengo a dónde voy... lo que jamás importó.
Golpeteo de tecla en tecla, caricia que va tallando los senos, Gólgota risueño que sucumbe a los aromas de la piel. Miles de lunas se enumeran ahora todas juntas, colección de 22 años de lluvias que se trepan a la garganta, y el tiempo que llega se trae consigo un sacudir en temple hemisférico de una locura que será descubierta al levantar los brazos del mar en la noche ciega. que es lo que aparto de mi cuando el silencio me extiende en invisible descanso con mi cabeza sobre la desnudez del mundo.
Arcos invisibles no quieren frontera, no buscan tus ojos, tu entendimiento , el juicio exacto que lo elimine, todo la forma exacta de la posesión en el sacramento del sexo cuando los cuerpos adquieren la musicalidad de los tiempos y que se destape el cielo que cruja la tierra que se estrellen los astros mientras el beso abrace el cuerpo, ritual del génesis que arranca los hábitos y deja ciegos los ojos.
Cuando la culpa se yergue en nombre de quien se levanta conteo regresivo de la histeria doctrinal He... como se babean las calles He... como se aniquila la mañana He... sucumbe ante el domingo He... no-tenia razón de ser el sábado He... que la letra se estrella contra todo y todo.
Dejadme guiar por los sueños, que los hombros hagan la media luna para la armadura, y que no me falte en los bolsillos la superación ambigua del ser humano, quiero la rotación universal en una mano, dejar atrás los símbolos y las frases a medias, necesitare un silencio mayor a la muerte y el cuerpo todo bañadito de lluvia, el grito salvaje del monte en el sexo y la saciedad de las olas cuando rompen contra el mar. Hija de mí misma soy por vos eterna diosa de mis divagaciones compañera, infaltable de mi Apocalípsis inaugural. Así dejadme guiar por los sueños sin opción a retorno. Yo Ulalume la mayor o Lucia Mendez la menor.
CUANDO LAS LAGRIMAS CAEN por drogA_Esteparia Cuando las lágrimas caen, yo levanto mis poemas como queriendo alumbrar el cielo que a veces no entiendo, cuando lloro, lo hago copiosamente y me siento lluvia y me duele por todos los cielos que no lloro, hay veces en que una está más sola de lo que imagina y no se muere, otras son absurdamente contrarias, y quiebran la voz y ahogan a la altura del pecho o la garganta, cortan las frases y cambian el tinte de los ojos y hacen que una se esconda a pesar de haber tanta gente o no. Cuando las lágrimas caen, lo hacen con un pedazo de tiempo.
Dicen que se hará novela, que esta forma de ir desordenando el tiempo no podrá tener otra consigna a pesar de ser 14 de enero del dos mil tres.
No ha parado de llover, afuera todo es un desfile de paraguas, las luces de los autos se encienden durante todo el día, parece como si todos los llantos se hubieran reunido, todo triste verdor toca tiempo y toca olvido
Te voy a extrañar... porque sé que estarás lejos, porque la vida acomoda las partituras que no esperaba y el tema continúa, te voy a extrañar porque asumo esta adversidad y la distancia de un ojo al otro como decía Cortazar, porque ya se dio entre nosotros esa mirada que nos mece y nos merece.
Te voy a extrañar y me iré escribiéndote un libro tras otro, un poema que vaya confabulándose en una gran novela, una vida que agrupada y entera será para tu vida.
Cuando el amor me desate los pies iré corriendo a verte, iré sin que me importe si hace frío o si hay viento.
Cuando el amor me dé esa otra paz iré como una loca a abrazarte, para dejar que entre tus dedos y los míos recorra ese nuevo lenguaje.
Yo no sé si se hará novela, cuento o prosa, si entre medio de las líneas se me incrusta un poema o azota otra vez la tristeza, por eso sé que desde el centro inapelable del silencio, habré de caminar goteándome en la sombra los ecos de tu voz, la mirada colgada de un aroma y una pena tan grande que pueda abrazar otra pena, tan triste como un epitafio, como una silueta en mitad del abandono, como una extensión de ojos, de miradas perdidas tan triste como para encender un poema.
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